El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, es uno de esos libros que no se recomiendan a la ligera. No porque no lo merezca (¡todo lo contrario!), sino porque abre una puerta que cuesta cerrar. Es un libro breve, apenas unas páginas, pero contiene un universo tan lleno de amor, dolor, miedo y ternura que cuesta entender cómo cabe tanto en tan poco.
Habla de un nacimiento. Y también de una pérdida. Pero, en realidad, habla de ese instante suspendido entre la esperanza y la catástrofe, ese momento en que aún creemos que todo puede salir bien, aunque algo, muy dentro, ya nos diga que no.
No es una historia grandilocuente. Todo ocurre en silencio, en lo cotidiano: una carretera nevada, una mujer a punto de dar a luz, un padre intentando sostener el mundo con las manos desnudas. Y, sin embargo, todo se convierte en sagrado. Como si el tiempo se detuviera, como si lo mínimo se hiciera eterno. Leerlo es como contener la respiración sin saber cuánto va a durar la inmersión.
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Sintió que estaban juntos, entonces, en un nivel nuevo, más viejo, más sabio, con el dolor como nexo de unión.
Kotzwinkle escribe sin adornos, pero con una ternura devastadora. No pretende dar respuestas ni construir un duelo ejemplar. Sólo cuenta lo que pasó. Con la voz justa. Con respeto. Con una tristeza limpia que, de alguna forma, consuela.
Hay libros que unx termina y olvida. Y hay libros que se quedan dentro, imposibles de borrar. Éste es de los segundos. No duele por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. Porque, en el fondo, lo sabemos: hay historias que no necesitan ser largas para ser inolvidables.


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