Antes de hablar del libro en esta reseña de El cuarto de Giovanni, es necesario detenerse en su autor: James Baldwin, un hombre negro, gay y estadounidense que, en 1956, se atrevió a publicar una novela que trata la homosexualidad de forma abierta y honesta. Un gesto valiente en una época de censura y represión, que generó polémica en su momento y que hoy ha convertido esta obra en un clásico indiscutible de la literatura LGTBIQ+.
En apenas 192 páginas, James Baldwin es capaz de retratar el amor y el odio, y la delgada línea que hay entre ambos, de forma excepcional. Por la vida, por los demás y, sobre todo, por las ciudades, cuya idea de estas está sujeta a nuestras vivencias. Porque París, la ciudad del amor, el lugar donde transcurre el relato, también puede ser el lugar más amargo.
Es esta misma amargura la que se refleja en todo el libro.No hay ni un sólo momento de verdadera alegría; incluso los momentos que deberían serlo están cubiertos de un halo de angustia que se contagia a través de cada pensamiento, palabra y descripción.
El libro habla de la cobardía de un hombre, Giovanni, y de cómo éste deja toda clase de víctimas a su paso; la primera, él mismo. Uno de esos relatos tristes y desoladores que no dejan lugar a la esperanza.
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Quizás todo lo que te pasa te hace más débil y, entonces, cada vez tienes menos fuerzas para ponerte de pie.
¡Seguimos con la reseña de El cuarto de Giovanni! Sin embargo, éste no tiene voz propia ni protagonismo real. Porque Giovanni es, simple y llanamente, una excusa. En su lugar, Baldwin da voz a otro hombre también lleno de cobardía: David, una de las «víctimas» de Giovanni. Éste se convierte en narrador y nos adentra en una confesión escrita con culpa y desesperación, pero también con deseo y lucidez. En dicha confesión, abundan la reflexión y el lenguaje emocional, con un ritmo lento, más psicológico que narrativo, que se convierte en tensión a medida que pasan las páginas.
Lo más interesante de esta novela es que, pese a haber sido escrita hace casi 70 años, es de rabiosa actualidad. Porque hoy seguimos hablando de identidad y represión, de amor y destrucción, de vergüenza y culpa, de masculinidad frágil. Hoy, como David, seguimos tratando de entender quiénes somos, quiénes no queremos hacer y a dónde no queremos ir.


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