Basado en hechos reales, El consentimiento es uno de esos libros que cuesta leer y, aún más, digerir. Es una historia que remueve, no sólo por la crudeza de los hechos, sino por el sistema de impunidad que los sostuvo durante décadas. Al terminarlo, no es fácil saber qué sentir. Lo único claro es que no puede dejarse pasar sin reflexión.
Vanessa Springora relata su experiencia como víctima de abuso por parte del escritor Gabriel Matzneff, un hombre alabado por las élites culturales francesas incluso cuando sus actos estaban a la vista de todxs. Lo que hace especialmente poderosa esta obra no es la denuncia en sí —que ya sería motivo suficiente—, sino la manera en que está contada: sin sensacionalismo, sin gritos. Con sobriedad, con precisión, con una voz que no necesita adornos porque la realidad que describe ya es lo suficientemente brutal.
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Nuestro amor era un sueño tan potente que nada había bastado para despertarme. Era la pesadilla más perversa. Era una violencia innombrable.
La narración está organizada en seis partes que recorren desde su infancia hasta la edad adulta. A través de capítulos breves, Springora no sólo relata lo que vivió, sino que se detiene en los distintos agentes implicados: desde el agresor y la víctima hasta los padres, el mundo editorial, lxs periodistas, y la sociedad en general. Sin caer en juicios explícitos, el texto deja claro quiénes miraron hacia otro lado, quiénes aplaudieron, quiénes se beneficiaron del silencio.
Uno de los grandes aciertos del libro es precisamente ése: no construir una historia individual, sino exponer una red de complicidades, omisiones y privilegios. Matzneff no actuaba en la sombra: hablaba abiertamente de sus actos, los plasmaba en libros, los defendía en medios. Y, aun así, fue protegido. La pregunta, entonces, no es sólo qué hizo él, sino por qué se lo permitieron.
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¿Por qué una adolescente de catorce años no podría amar a un hombre treinta años mayor que ella? Cien veces había dado vueltas mentalmente a esta pregunta. Sin darme cuenta de que estaba mal planteada, desde el principio. Lo que había que cuestionar no era mi atracción, sino la suya.
Springora no necesita recurrir a la ira para incomodar al lector. Su tono es contenido, pero implacable. La forma en que describe el proceso de anulación emocional y psicológica al que fue sometida es mucho más eficaz que cualquier discurso enfadado. Su testimonio habla por sí solo. Y, al hacerlo, obliga a replantear ideas que muchos prefieren no tocar: qué entendemos por consentimiento, qué ocurre cuando hay una desigualdad evidente de poder y hasta qué punto la cultura puede servir de escudo para el abuso.
El consentimiento no es un libro que busque ofrecer respuestas fáciles ni cerrar heridas. Tampoco está pensado para provocar una catarsis. Es una pieza clave en el debate sobre los límites del arte, la responsabilidad colectiva y la urgencia de revisar qué tipo de comportamientos seguimos tolerando. Su valor reside en exponer, con claridad y sin concesiones, lo que durante años fue silenciado o disfrazado como provocación artística.


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