El libro de Ayesha Manazir Siddiqi partía de una premisa que, sobre el papel, tenía muchas posibilidades para encajar conmigo. Sin embargo, aunque la lectura me ha resultado interesante en varios aspectos, su desarrollo no ha terminado de encajarme del todo. Te cuento los motivos en esta reseña de El Centro.
El punto de partida es, sin duda, uno de los grandes atractivos del libro: el misterio que rodea a una academia de élite capaz de enseñar un idioma en apenas diez días. La idea despierta curiosidad desde las primeras páginas y la autora insinúa, además, la existencia de un reverso oscuro que promete una historia inquietante. No obstante, a lo largo de buena parte de la novela he tenido la sensación de que ese potencial no llega a explorarse en toda su profundidad. El Centro existe, la desconfianza de la protagonista también, así como sus pequeñas indagaciones, pero el foco narrativo se va desplazando hacia otros elementos, dejando el misterio en un segundo plano y algo desdibujado.
Ese «desplazamiento» se apoya, principalmente, en Anisa, la protagonista y narradora de la historia. Al estar contada en primera persona, la novela ofrece un acceso muy directo a su mundo interior y a sus reflexiones, lo que permite abordar temas relevantes y necesarios, como las expectativas vitales, el papel de la mujer o las experiencias de racismo. Son cuestiones interesantes y con un claro peso en el discurso de la autora, pero, en mi caso, la forma en la que se integran en la trama no siempre ha resultado equilibrada. En algunos momentos, estas reflexiones parecen imponerse al desarrollo del misterio, generando una sensación de dispersión y restando tensión al conjunto.
Lo mismo me ha ocurrido con sus relaciones con Shiba, Adam, Naima o Arjun —esta última me ha parecido incómoda y, quizás, innecesaria—. Cada encuentro en la historia está lleno de tensión y malentendidos, casi siempre por parte de ella —actitud un tanto tóxica—. Y, aunque entiendo que refleja su conflicto interno, en más de una ocasión me han entrado ganas de decirle: «Basta, por favor». Una vez más, he sentido que convertirla a ella en narradora, sobre todo en escenas cargadas de diálogos, me ha impedido conectar.
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Nos acostumbran a pensar que las cosas buenas solo se consiguen con sufrimiento, pero no tiene por qué ser así.
¡Sigo con la reseña de El Centro! Es justo cuando la novela se adentra en su vertiente más oscura cuando alcanza sus mejores momentos. En esas páginas, la historia se vuelve más inquietante, más perturbadora y mucho más sugerente, y la premisa inicial despliega todo su atractivo. Por eso, me da «pena» que esa oscuridad no se explore con mayor profundidad y continuidad, ya que, cuando lo hace, la novela gana fuerza.
¿El resultado? Una novela con una premisa muy potente y una clara intención de hacer reflexionar, pero con un equilibrio algo irregular entre introspección y trama. En mi caso, me ha dejado la sensación de que podía haber ido un paso más allá. Aun así, El Centro puede resultar una lectura interesante para quienes disfruten de historias más introspectivas, donde el peso está más en el viaje interior de la protagonista que en el propio misterio.


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