Supongo que me habría gustado que alguien me avisara antes de abrir este libro. Algo simple, directo. «¡Cuidado! Este libro te va a destrozar de todas las formas posibles». Porque ahora que lo he terminado, mientras escribo esta reseña de El celo, ¿quién me sostiene? ¿La Humana? ¿La Perra? ¿Quién recoge los trozos? Nadie.
La propuesta de Sabina Urraca no permite las prisas. Es un libro que exige tiempo, atención, y, sobre todo, coraje. Hay que leerlo poco a poco, por tramos, como quien baja una escalera con los ojos cerrados: con fe, pero también con un miedo visceral a lo que espera en el siguiente peldaño. Porque aquí no hay concesiones. No hay respiro. Todo lo que se cuenta —aunque no siempre se diga— arde.
Durante muchas páginas, no se entiende bien qué está ocurriendo, pero se intuye algo bajo la superficie, algo que se arrastra, que duele, que está esperando a salir. Y unx confía. Confía porque Sabina Urraca sabe perfectamente qué hace, incluso cuando parece que no. Entonces, en algún momento, todo se abre. Y lo que aparece no es bonito, ni dulce, ni fácil de nombrar, pero es cierto, brutalmente cierto. De esa verdad que incomoda porque apunta a lo más hondo: a lo que unx ha callado, a lo que no se ha sabido contar, a lo que da vergüenza o rabia o miedo.
❝
¿Qué necesidad hay del demonio cuando basta la persona?
El celo habla del daño. Del deseo. De la culpa y del cuerpo. De las mujeres que muchas han sido, de las que han odiado ser, de las que otras han querido que fueran. Habla de heridas abiertas, de violencias que no siempre se nombran como tales, de una educación emocional torcida desde el origen. Y lo hace con una escritura cruda, a veces sucia, siempre poderosa.
Yo sí daré el aviso en esta reseña de El celo: éste no es un libro para todo el mundo. Pero, si decides leerlo, tienes que saber que este libro no se olvida. Se queda dentro, como un eco, como una pregunta incómoda, como una furia.


0 comentarios