Es difícil ser del todo objetivo en esta reseña de El caso Alaska Sanders cuando se trata de uno de tus escritores favoritos. Siempre queda la duda de si el libro que acabas de terminar es realmente tan bueno como crees o si, en el fondo, te estás dejando arrastrar por la emoción del reencuentro. Con Joël Dicker, sin embargo, esa incertidumbre se disipa pronto: sus novelas, mejores o menos brillantes, siempre logran sorprender y atrapar.
En El caso Alaska Sanders, Dicker recupera a Marcus Goldman, su personaje más emblemático. Situada cronológicamente entre La verdad sobre el caso Harry Quebert y El libro de los Baltimore, esta nueva historia vuelve a ser un thriller con mayúsculas: una investigación llena de giros, pistas cruzadas y saltos temporales, fiel al estilo del autor suizo. Una historia que engancha, en parte, porque Dicker ya domina con soltura ese arte tan complicado de dosificar la información y dejarte siempre con ganas de un capítulo más.
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La nostalgia es nuestra capacidad para convencernos de que nuestro pasado, en lo esencial, fue feliz.
¡Seguimos con la reseña de El caso Alaska Sanders! No es un libro perfecto. Hay pasajes en los que el ritmo se ralentiza por la inclusión de información o subtramas que aportan poco al desarrollo central. También la traducción tiene altibajos, con frases que chirrían por su simplicidad o expresiones que no terminan de encajar con el contexto. Pero, incluso con sus imperfecciones, el resultado final funciona.
Porque, si algo sabe hacer Dicker, es construir historias que se devoran. En El caso Alaska Sanders, una vez pasada la mitad del libro, el ritmo se acelera hasta el punto de volverse frenético, y las últimas 100 páginas son un ejemplo de cómo cerrar una historia de forma satisfactoria, con coherencia interna y manteniendo intacto el factor sorpresa.


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