No sé bien qué decir en esta reseña de El acontecimiento. Es raro. Mi entorno dice que siempre quiero tener la última palabra, que nunca me callo. Pero esta vez no la tengo. O no la quiero. O no la encuentro. El libro me ha dejado así: descolocado, triste, con un nudo en el estómago y una rabia que no sé muy bien dónde colocar.
No es un libro perfecto. Si me pusiera en modo técnico (¡no soy esa persona!), podría señalar decisiones de estilo que no me han terminado de convencer. Algunos fragmentos me han parecido distantes; otros, casi secos. Pero decir eso sería como quedarse mirando el dedo en lugar de la luna. Como detenerse en el envoltorio cuando lo verdaderamente importante está dentro. Porque lo relevante no es cómo lo cuenta, sino lo que cuenta. Y, desde ahí, desde ese lugar de lo real, lo vivido y lo incómodo, Ernaux te atrapa y no te suelta.
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No merecía la pena nombrar lo que yo ya había decidido hacer desaparecer.
La autora no busca caer bien. No embellece. No se protege. Escribe desde la herida y contra el silencio. Desde el recuerdo de una experiencia tan personal como universal, y lo hace sin pedir perdón, sin bajar la voz, sin rodeos. Y eso incomoda. Porque unx no lee este libro desde fuera, como quien observa un cuadro. Uno lo atraviesa. Y, en el camino, se da de bruces con una sociedad hipócrita, mezquina, despiadada. Una sociedad que castiga, que señala, que condena. Una que no ha cambiado tanto como pensamos. O como nos gustaría creer.
He cerrado el libro con la sensación de que algo se ha removido dentro. Con tristeza. Con enfado. Con una especie de impotencia silenciosa. Y, sin embargo, con agradecimiento mientras escribo esta reseña de El acontecimiento. Porque hacen falta libros así. Libros que no te acarician, que no buscan consolar, que vienen a decir:«Mira esto. Léelo. Mantén la mirada. No te vayas». Aunque duela. Aunque te deje sin palabras. Aunque no sepas cómo contarlo después.


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