Esta reseña de El accidente, de Blanca Lacasa, comienza con un dato llamativo: se presenta, desarrolla y se cierra (¿se resuelve?) en tan sólo 80 páginas. Un número de páginas en el que el ritmo se acelera cada vez más. No a través de los hechos, no a través de giros inesperados, sino mediante una narración que funciona muy bien.
Al frente de esa narración está un grupo de seres omniscientes que cuentan esta historia de tira y afloja, del gato y el ratón. Estos seres cuentan lo que ocurre y lo que no ocurre. Cuentan qué piensa, siente y vive la protagonista; también el otro, quien está frente a ella, él. Lo hacen con naturalidad, como si hablasen a una persona cercana, una tarde tonta, en cualquier cafetería.
¿Y qué cuentan exactamente? El momento en que dos personas, contra todo pronóstico, se gustan. Se gustan aun sabiendo que no debería ser así. Y hacen todo lo posible por alejarse, sin darse cuenta de que, en realidad, no hacen más que acercarse. Bien sabe Dios, en quien yo no creo, que eso nunca sale bien.
En esta historia de Blanca Lacasa, El accidente, es todavía más evidente, porque ella, la protagonista, en parte víctima, no es capaz de ver todas las señales que le gritan que huya, porque él, en términos modernos, es una red flag andante. Ella no lo ve, tampoco la condescendencia e intermitencia con que la trata, porque vive en el ángulo muerto en torno al cual gira el libro.
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En esos ángulos muertos, en esas áreas diminutas que uno se esfuerza en anular una y otra vez con aparatosos movimientos de cuello, es donde se escriben tantas veces los peores accidentes.
¡Seguimos con la reseña de El accidente! Con el escenario descrito, no es extraño que la historia lleve a pensar, y la propia autora lo menciona, en una de las escenas más sutiles, elegantes y dolorosas de la historia de las series de televisión. Ésa en la que un sacerdote suelta un «It’ll pass» a una Fleabag loca y perdidamente enamorada.
Esa escena, tan bien integrada en el libro, encaja a la perfección con el tono del mismo, en el que la autora recurre a la construcción de una habitación, y la mudanza correspondiente a ésta, para hablar del proceso de conocer a alguien. En el que la autora, a través de sus seres narradores, habla de su historia como de un guion de una película. La historia de dos personas en términos de comedia romántica, de drama, de película de terror. Una que, se mire por donde se mire, deja cadáveres emocionales a su paso.


Me cuesta describirlo,parece simple pero no.es un libro incómodo, que no deja de hablar de forma indirecta de las violencias invisibles,y de la responsabilidad afectiva.puede q sea un libro espejo,donde el reflejo te recuerde que lo que te pasa no es nada especial, sino más común de lo crees.Es descriptivo y deja la reflexión para el lector. Lo considero necesario para seguir teniendo presente los puntos muertos y evitar accidentes 😉