A pesar de ser una persona que tiende a boicotear su propio bienestar (¡ya no tanto!), quizás por la extraña manía de creer que no merezco tanta suerte, a menudo llego a la conclusión de que, en efecto, he tenido y tengo mucha suerte. Una familia que me apoya, un novio que me cuida, unas amistades que me protegen, un trabajo que no odio. Soy consciente (casi) siempre, por supuesto lo soy, pero, en días como estos, cuando leo una historia como la de Vicente Ferrer, me convenzo incluso más. Te cuento más en esta reseña de Despiece.
Esta historia de tragedia, basada en hechos reales, es, por encima de todas las cosas, conmovedora. No por los hechos, que ya serían suficiente motivo, sino por la forma en que se cuenta. La sutileza, los pequeños detalles, está presente en todo el texto. En uno de este tipo, cabría esperar toda clase de gritos, de exaltaciones —justo de ello hablo en mi reseña de Oxígeno—; cabría hacerlo porque es lo normal. Sin embargo, el autor, años después de lo ocurrido, se enfrenta a él con cierta distancia —toda la que es posible siendo víctima— y aparece, repito, la sutileza.
La sutileza para hacer analogías entre la matanza de un cerdo y las consecuencias de una violación. Para contar la desgracia con todo flujo de detalles y, no obstante, no rozar lo explicito. La sutileza para hablar de los hombres, no de las mujeres, y su poder. Para acusar, señalar, condenar, quién sabe qué más, y, no obstante, no alzar el hacha de guerra. La sutileza para llevar a quien lee en un viaje en el tiempo y, en el camino, sanar.
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Entendieron que aquello que creemos nuestro puede desaparecer en cualquier momento.
Despiece está escrito como se escriben los libros que siempre me atrapan: con un hilo conductor del que tirar y tirar y tirar y tirar hasta llegar al final —en la vida real, la historia sigue—. Entre el comienzo y el cierre, toda clase de emociones. El amor de unos padres que lo hacen lo mejor que pueden. La maldad de un profesor que daña a quien debe cuidar. La confusión de un niño que no entiende el mundo que lo rodea. La protección de una hermana que mueve cielo y tierra. Toda clase de emociones.
Por eso, cuando llega el final, porque debe llegar, se tiene la sensación de que algo se ha perdido. El qué, no lo sé. Preguntas, en esta reseña de Despiece, muchas. ¿Cómo separarse de la historia, que no es ficción? ¿Cómo hacer borrón y cuenta nueva, preparando el terreno para la próxima lectura? ¿Qué escribir sobre el libro justo después de leer unos agradecimientos que ponen la piel de gallina —primera vez que me ocurre—? Sin respuestas, cierro, convencido de que no importa nada de lo que piense. No haré, no habrá, justicia.


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