El libro está dividido en tres partes, y tengo que admitir que la primera me costó un poco. No terminaba de conectar, como si me faltara algo para engancharme del todo. Pero, cuando por fin entré de lleno en la historia, la lectura se volvió imparable. Ya no podía soltarlo.
Es una historia dura que, despojada de fantasías y adornos, habla sin tapujos del acoso, del fanatismo religioso y de ese momento en el que alguien dice: «Basta, no puedo más». Temas complejos y dolorosos, contados con una crudeza que no da tregua, pero que, precisamente por eso, logra llegar a quien lee.
Lo que más me ha gustado —y creo que es lo que eleva la narración— es la estructura del libro. No es sólo una historia contada de forma lineal; juega con distintos formatos que van desde la narración tradicional hasta fragmentos de libros, informes, declaraciones… Todo ello nos lleva por diferentes puntos de vista, construyendo así una visión global y profunda del suceso. Esa multiplicidad de voces y formas le da una fuerza especial al relato.
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En ese momento, al descubrir que no le importaba, se sintió invadida por un alivio casi indescriptible.
Pero, ay, la traducción. Eso sí que es un desastre, y no lo que hace Carrie en el libro. Faltas de ortografía que sobran, oraciones mal construidas que entorpecen la lectura, y expresiones que no encajan nada con el tono serio y tenso del libro. Ay.


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