Supongo que una historia con «cameos» de Belén Esteban (¡con mención explicita a Sálvame!) y de Samantha Hudson no puede decepcionar. Lo creo y lo defiendo. Sin embargo, este libro me ha gustado por otros motivos. Motivos que detallo en esta reseña de Belén. El libro, no Esteban.
En este relato con toques costumbristas, con creencias y disparates propios de los lugares más recónditos, Juan Castro Sánchez nos habla no sólo de San Juan, el pueblo en que se desarrollan los hechos, sino de una familia: los Franco. Una familia en la que reina la desgracia: abandonos, enfermedades, encarcelamientos.
Esta familia es la protagonista, que descubrimos a través de los ojos de uno de sus miembros. Aunque puede haber cierta dificultad con los personajes, tratando de descubrir quién es quién —hay un árbol genealógico al principio del libro, en los primeros capítulos—, lo cierto es que la historia está tan bien escrita, con tanta gracia, que unx abraza esa posible confusión, se deja llevar y, en el camino, disfruta.
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Comprendieron que la libertad absoluta era la definición más exacta de soledad.
¡Seguimos con la reseña de Belén! Y, como venía diciendo, unx disfruta. Lo hace porque esa gracia siempre presente lo pide. Esa gracia y un lenguaje directo, sencillo, cercano. Un lenguaje deslenguado, que se manifiesta en ocurrencias que hacen viajar a la España vacía —en este caso, la del sur, la que existe, la que siempre está en guerra—. Sin embargo, en San Juan, el pueblo, no todo es jolgorio. Porque, aunque no lo parezca, detrás de la risa se esconde el mal. No es evidente, casi siempre sutil, pero ahí está. No lo olvidemos: este libro nos habla de la desgracia de una familia.
Así, cuando llega el tramo final, Juan Castro Sánchez nos habla sin tapujos de un hecho que, para quien lee, lo cambia todo. Entonces, la risa y la gracia dan paso al malestar, a lo incómodo, a lo feo. Y a la injusticia, porque bien sabemos que la balanza rara vez cae del lado de quien lo merece.


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