El libro me llamó la atención desde una estantería abarrotada de la librería. Me acerqué, leí la sinopsis y pensé: «Esto me va a gustar». Pero decidí no comprarlo. Ya tenía demasiados libros pendientes. «No lo necesitas», me dije. «Ya basta de gastar, Gabriel». Una semana después, cómo no, ya lo tenía en casa. Y no me equivoqué. Lo tengo claro mientras escribo esta reseña de Amarilla.
Rebecca F. Kuang ha escrito una novela tan entretenida como provocadora. Una sátira salvaje y lúcida sobre el mundo editorial, en la que expone sus luces y sombras con un estilo deslenguado, mordaz y profundamente irónico. La autora hace lo que predica: logra que leer Amarilla sea una experiencia ágil, adictiva, sin esfuerzo, como si las páginas pasaran solas. Y, sin embargo, tras esa ligereza aparente, se esconden capas densas y espinosas.
Con capítulos llenos de ritmo y diálogos afilados, Kuang construye una trama que no deja de avanzar. Sus personajes están bien perfilados, sus descripciones nunca sobran y cada giro tiene un propósito claro. Pero lo más interesante, quizá, es lo incómoda que puede llegar a ser la novela sin dejar de resultar entretenida.
Porque Amarilla no sólo es un juego metanarrativo sobre el plagio, la ambición y el éxito. Es también una historia sobre la apropiación cultural, el racismo sistémico, las dinámicas de poder, la presión por destacar, las expectativas ajenas y la hipocresía en todas sus formas. Todo esto lo hace a través de la figura de June Hayward, una protagonista que es, a todas luces, una villana. Aunque la autora le dé una voz tan humana y frágil que cuesta no empatizar con ella, June actúa desde un convencimiento peligroso: el de que merece todo lo que desea, y que cualquier medio es válido para alcanzarlo.
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La verdad es fluida. Siempre existe algún modo de darle la vuelta a la historia.
Ese dilema moral —¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar por lo que creemos que nos pertenece?— está en el centro de Amarilla. Y, aunque parezca una novela ligera, plantea preguntas incómodas, reales, imposibles de responder con facilidad. ¿Qué es lo justo? ¿Dónde empieza la culpa? ¿Dónde acaba la libertad? ¿Y qué papel juega la industria cultural en todo esto?
Tal vez las respuestas estén en el libro (no en esta reseña de Amarilla) O tal vez no.


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