Escribir un libro sin expresar ninguna clase de sentimientos y, aun así, lograr que la persona lectora los sienta, me parece un ejercicio que supone un gran esfuerzo. Sin embargo, este libro lo consigue de forma directa y, sobre todo, sencilla.
El libro de Won-Pyung Sohn no cuenta con un vocabulario exquisito ni con la narración que se podría esperar de «grandes novelas», pero tampoco lo necesita. Almendra es tan verdadero que no necesita de artificios; solo basta su protagonista, Yunjae, tan peculiar y carismático que permite que cualquier persona pueda ponerse en la piel de un niño que no es capaz de experimentar sentimientos como el amor o la tristeza.
La estructura del libro, escrito en capítulos cortos casi autoconclusivos, son un punto a tener en cuenta. Hacen que la historia sea dinámica y que la persona lectora lea y lea sin darse cuenta del paso de las páginas. Además, la división en cuatro partes permite situar cuatro momentos diferentes en la vida de Yunjae, de manera que se crece y se aprende a la vez que él.
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En realidad, nadie puede saber si una historia terminará en tragedia o comedia. Quizá sea imposible desde el principio clasificar una existencia como una u otra. La vida no hace más que fluir imparable, guardándonos toda clase de sabores.
¡Seguimos con la reseña de Almendra! Otro pilar se encuentra en los personajes secundarios, perfectamente construidos y totalmente opuestos entre sí, lo que ofrece un contraste interesante con la incapacidad de sentir de Yunjae. La abuela, la madre, el doctor Shim, Goni y Dora, aunque no cuenten con tanta presencia, son igual de importantes que el protagonista, pues todos tienen, sin saberlo, un objetivo común: enseñarle en qué consiste, en parte, la vida. Si es que puede llegar a saberse.
¡Nota! Dicen que nunca debe juzgarse un libro por su portada, pero Almendra tiene una de mis favoritas. La razón de que decidiese interesarme por el libro.


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