Empiezo esta reseña de Algunos días confesando que he leído el libro en plena crisis existencial, de ésas que parecen pequeñas desde fuera, pero que, por dentro, lo tambalean todo. Una historia que me ha encontrado en un momento un tanto regulinchi. Cosas que pasan.
Me ha hecho pensar en mi abuela materna. En ella pienso a menudo, pero hay recuerdos que se avivan con una intensidad inesperada, como si su voz —que, por suerte, años después aún no he olvidado— se deslizara entre las páginas. También me ha llevado a mi madre y a mi padre, a ese gesto tan suyo de esperar a que pase el control del aeropuerto para despedirse. Sólo entonces dan media vuelta y vuelven a casa. Como si quedarse un minuto más fuese su manera silenciosa de decir: «Cuídate, por favor».
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Elegir es desechar la potencia de otra cosa y la potencia siempre es más bella.
Y me ha hecho pensar, inevitablemente, en mí. En esa versión de mí que se queda atrás en cada viaje, en cada cambio. En esa pregunta recurrente, incómoda y esquiva: ¿quién soy? Una pregunta que aparece más veces de las que me gustaría admitir, y a la que casi nunca logro dar respuesta. ¿Algún día, algunos días, la encontraré? Quién sabe.
No sé si este texto es una recomendación al uso. Supongo que no. Pero, si sirve para algo esta reseña de Algunos días, que sea para decir: lee a Acoidán. Apoya su obra. Regálale tus preguntas sin respuesta, tus recuerdos que duelen, tus silencios más incómodos. Porque de eso también va la literatura. De sentir sin querer. De pensar en quienes ya no están. Y de mirarse en el espejo y no reconocerse del todo.


De una sentada loo ley. Tampoco estoy muy fina últimamente. Y coincido contigo, hay que leer a Acoidán.