Crear contenido sobre libros me ha permitido conocer a personas maravillosas. Una de ellas se llama Eloy, Eloy Ortiz —@eloyortiz.books si quieres cotillear su perfil—. Un chico de Murcia con mucho acento (positivo) con el que, por cuestiones de la vida, coincido bastante en gustos. Por eso, cuando me recomendó este libro de Hervé Guibert, uno de sus favoritos, no me lo pensé dos veces; me hice con él y, un día después, empecé a leerlo. Si Eloy acertó con su recomendación o no, te lo cuento en esta reseña de Al amigo que no me salvó la vida.
La novela está dividida en 100 capítulos —100; la perfección— que alternan su extensión y favorecen muchísimo la lectura. Puede parecer un detalle menor, pero funciona muy bien en una novela que aborda un tema tan denso y doloroso, porque nunca llega a hacerse pesada. Incluso cuando lo que cuenta resulta especialmente duro, siempre hay un pequeño punto de apoyo que permite continuar.
La historia comienza con el protagonista acompañando a un amigo en el ocaso de su vida. Se convierte en una figura de apoyo incondicional, en ese fiel y leal caballero que permanece a su lado, que cuida, que acompaña y que asiste cuando más se necesita. Pero, cuando la historia da un giro y el propio protagonista pasa a ocupar el centro de atención como consecuencia de la enfermedad, aparece otro amigo que promete el cielo y la tierra para acabar ofreciendo un infierno de abandono, incertidumbre y decepción. Es entonces que el título adquiere todo su significado. Un título elegante y sutil que encierra toda clase de pensamientos y sentimientos.
Porque Al amigo que no me salvó la vida es también un retrato de lo que supuso la aparición del VIH y, posteriormente, del sida: la estigmatización de las personas enfermas, especialmente dentro del colectivo LGTBIQ+, la falta de información y comprensión y el desamparo de unas instituciones, una comunidad médica y una industria farmacéutica que todavía no sabían cómo enfrentarse a una enfermedad que estaba transformando tantas vidas. Resulta triste leerlo desde el presente y comprobar hasta qué punto fueron años de miedo y exclusión, pero también resulta esperanzador comprobar cuánto hemos avanzado desde entonces. He pensado mucho en la película Philadelphia.
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Lo más doloroso en las fases de conciencia de una enfermedad mortal es sin duda la privación de lo lejano, de todas las lejanías posibles, una especie de ceguera ineludible en la progresión y la contracción simultáneas del tiempo.
Sigo con la reseña de Al amigo que no me salvó la vida. Sin embargo, si hay algo que hace que esta historia funcione tan bien, es la voz de su narrador. Hervé Guibert construye un protagonista cuyo nombre desconocemos y que se convierte en una especie de reflejo del propio autor a través de un ejercicio de autoficción que consigue borrar continuamente la frontera entre realidad y literatura. La conexión con lo que cuenta es tan fuerte que, cuando llegas a la última página, resulta casi inevitable querer saber más: buscar la vida de Guibert, conocer qué ocurrió después, descubrir cómo vivió sus últimos años y cuál fue realmente su desenlace. Como si la historia no terminase del todo cuando cerramos el libro.
La única pega que le pongo, al menos a esta edición de Círculo de Lectores, es la cantidad de incisos entre rayas (—) que aparecen a lo largo del texto. En más de una ocasión dificultan bastante la lectura y obligan a volver atrás: una primera vez para seguir el inciso y otra para recuperar el hilo de la historia. Es una decisión de edición que, en algunos momentos, me ha sacado de una lectura que, por lo demás, me ha resultado fluida.
Me despido, supongo, y me veo en la obligación, también supongo, de dar gracias a Eloy por descubrirme una novela dura, elegante y humana sobre la enfermedad, la amistad, la traición y la muerte, pero también sobre la necesidad de contar y de dejar constancia de lo vivido. Quizás por eso, más de treinta años después, es tan fácil sentirse atrapadx por la voz de Hervé Guibert.


Qué lindo que de ese café y larga charla salieran, no solo un primer encuentro que augura muchos más, sino también muchas recomendaciones mutuas.
Lo bonito que lo escribes hace que quiera releer esta novela.