He conectado con este libro más de lo que me habría gustado. Por momentos, he tenido que parar, cerrar las páginas y respirar hondo. Por cuestiones personales, por heridas pasadas, por frases que han llegado demasiado dentro. Ha sido una lectura que me ha dejado exhausto, triste, hecho un ovillo. Pero también acompañado. Te cuento por qué en esta reseña de Adoración.
Me ha gustado mucho cómo aborda la autoimagen, el amor, el sexo. Cómo pone el foco en lo íntimo sin pudor, sin tapujos, con verdad. El retrato del protagonista es especialmente acertado: hay momentos en los que se muestra vulnerable, víctima de un mundo que lo señala constantemente, y otros en los que él mismo reproduce dinámicas de poder, en los que actúa como verdugo. No es cómodo de leer, pero sí muy honesto. Y eso se agradece.
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Supo que las dos cosas podían darse a la vez. Cuidado y violencia.
¡Tengo más que decir en esta reseña de Adoración! También me ha parecido muy interesante el uso de la metaficción: el juego del libro dentro del libro, el espejo que se construye entre autor, narrador y persona lectora. Hay algo muy potente en cómo la estructura se sale de lo convencional, en cómo se permite experimentar sin perder del todo el hilo. Y, por encima de todo, en cómo habla de las relaciones filioparentales. Hay escenas de una crudeza emocional que desarman.
Es cierto que, por momentos, la escritura se vuelve muy abstracta. Que hay metáforas que cuesta entender del todo, que se escapan como agua entre los dedos. Pero, al menos en mi caso, eso no ha supuesto un problema. Porque lo que queda, lo que se entiende entre líneas, es suficiente para conmover. Para doler.
Yo me he echado alguna que otra lloradita.


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