El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es uno de esos libros que sabes que, tarde o temprano, leerás. En unas semanas, en unos meses, en unos años. El libro espera con paciencia, sabiendo que, en el momento en el que llegue a tus manos, ya no habrá vuelta atrás. Porque es un auténtico regalo.
En 2016, Tatiana Țîbuleac rompió el corazón del mundo con una historia que parece pequeña, pero es inmensa. Un verano cualquiera que se transforma en único, porque quizás no habrá otro. Un hijo y una madre que, durante años, fueron todo menos eso —una familia—, y que, sin embargo, protagonizan una de las relaciones más devastadoras y bonitas que se pueden leer. Lo que les une es el odio, el amor, el abandono, la ternura, la rabia… y, sobre todo, la verdad. Una verdad que hiere, pero también salva.
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En lugar de todos sus sueños, la muerte es lo más probable que va a sucederle a un individuo.
Țîbuleac escribe con una intensidad que no permite lecturas tibias. Cada frase está pensada, medida, dolida. Su prosa es cruda, poética, sin concesiones al sentimentalismo. Y, aun así, logra momentos de belleza tan inesperada como feroz. Es una historia llena de silencios, de palabras que llegan tarde, de heridas mal cerradas y de ese amor torcido que solo las relaciones más reales pueden soportar.
Por eso, da igual cuál sea tu género favorito. Este libro no entiende de géneros. Es literatura de la que conmueve. De la que unx agradece haber leído.


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